Mateo Rouco

“Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan)”. Hace varios días retomé la lectura de ‘El Principito’ y al leer la dedicatoria del autor, Antoine de Saint-Exupéry, esta frase golpeó sin complejos mi mente. Asaltó mis pensamientos y me hizo recordar todas y cada una de las lecciones que podemos y debemos aprender de los niños.

HOMBRE BICI

Ellos representan, como bien podemos leer en el libro de Exupéry, la ilusión, las ganas de hacer cosas, la aventura, la inquietud, la curiosidad, el cariño desinteresado -salvo que haya juguetes de por medio-, la pasión, el valor de la pregunta indiscreta…Ellos imaginan mundos desconocidos ante paisajes de la vida cotidiana. Pueden alcanzar la felicidad plena con pequeños detalles. De ellos aprendemos que un simple dibujo puede abrir las puertas de universos de color.

 

 

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Cuando empecé a releer el libro me encontraba sentado en un avión. A mi lado estaba una señora mayor procedente de algún país del norte de Europa. Poco a poco veía cómo sus ojos se centraban en las geniales acuarelas originales del autor: dibujos de baobabs, pequeños mundos desconocidos, principitos, rosas, elefantes, desiertos…

 

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Mientras leía observé cómo esa mujer hacía lo imposible por ayudar a todos los que se encontraban a su alrededor. Estaba atenta a todo lo que pasaba. Sonreía y miraba de reojo mi pequeño libro. En un momento del viaje me dijo “Exupéry, ¿eh?”. Le miré, nos echamos a reír y no necesitamos decirnos nada más. Hablábamos un mismo idioma sin hablarlo. Ella, con esa actitud claramente positiva, era feliz. Y a su vez lograba darme una lección. Me decía con sus ojos: “soy ya una persona mayor, pero en mi mente aún recuerdo aquella época en la que fui una niña”.

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Al aterrizar en nuestro destino nos volvimos a mirar. Tengo que reconocer que sentí pena al despedirnos porque aquella persona me había transmitido una energía inusual. Con pequeñas acciones logró lanzar mensajes de gran poder. En la actualidad son muchos los que viven en el mundo en plena carrera hacia ninguna parte, los que se olvidan de sonreír, vivir y apreciar los detalles de su entorno. Hay quienes se suben al coche y no paran de molestar tocando el claxon o los que, al subir al metro, empujan y visten cara de sabuesos. Quizás sería bueno volver a los orígenes y recuperar la ilusión que teníamos cuando éramos pequeños. Apreciar lo bueno, relativizar los problemas y aprender a vivir en una sociedad más ilusionada, optimista y humana. Como decía y repetía una y otra vez Exupéry: “lo esencial es invisible a los ojos”. Volvamos pues a lo esencial.

 

Pupitre