Pepe Álvarez de las Asturias

En el principio fue la imagen; y durante siglos no se movió. Hasta que en 1888 dos hermanos atemorizaron a un puñado de espectadores con un tren que se abalanzaba sobre ellos con terrorífico realismo. Sin embargo, tras el impactante y prometedor comienzo, la imagen en movimiento creada por los hermanos Lumiére fue desvaneciéndose en el interés de los espectadores, tristemente desperdiciada en tediosos retratos cotidianos. Hasta que alguien intuyó que el cinematógrafo escondía mucho más: ficción, humor, emoción, espectáculo, magia. En una palabra, Cine. Ese alguien se llamó Georges Méliès. El visionario que llevó sus sueños y su imaginación a un invento que nació sin ánimo de perdurar y que aún hoy, más de un siglo después, continúa fascinando a millones de espectadores ávidos de emociones en todo el mundo.

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Desde su infancia parisina, el pequeño Georges tenía muy claro que no quería seguir los pasos de su padre en el negocio de los zapatos. Él quería dejar su huella mucho más lejos; en la luna, por ejemplo. Era hábil con el dibujo y su desbordante imaginación rebasaba los límites de lo que su progenitor había establecido para un honrado zapatero, así que lo envió un año a Londres con la excusa de aprender inglés y con la intención de ablandar sus talentos. El efecto fue, naturalmente, el contrario; para no tener que pelearse con el idioma, Georges frecuentaba el teatro, especialmente el “Egyptian Hall”, donde cada noche el célebre mago Maskelyne embelesaba a un joven Méliès con su espectáculo de ilusionismo. Allí descubre la magia y aprende sus primeros trucos, que luego se lleva a escondidas a París y muestra, casi en la clandestinidad, en el Cabinet Fantastique del Museo Grévin.

Cuando su padre se retira de los zapatos, Georges vende su parte del negocio y compra el teatro de su admirado Robert Houdin, en el Boulevard des Italiens. Es 1888 y Méliès tiene 27 años. En ese glorioso escenario realiza numerosos y sorprendentes espectáculos de ilusionismo, cuyos decorados, trucos y maquinaria son creados por el propio Méliès. Pero no es hasta 1895 cuando tiene lugar el acontecimiento que cambiaría su vida y, de paso, la historia del entretenimiento.

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Fue exactamente el 28 de diciembre. Ese día, los hermanos Lumière presentaban al público su revolucionario invento, el Cinematógrafo. Méliès fue uno de los privilegiados que asistió a esa histórica premier. Pero no fue de los que salió corriendo, presa del pánico, al ver el tren abalanzarse sobre él a toda máquina. Su único pensamiento fue: “aquí hay magia”. Propuso a los hermanos comprarles su máquina, y ante su negativa, decidió hacerse con la suya propia. Partiendo del biscopio del inventor Robert William Paul, y tras ajustar el artilugio para que pudiera impresionar y proyectar, unos meses después crea su propio estudio, Star Films, y rueda su primera película: Partida de naipes, que el 5 de abril de 1896 proyecta en su teatro. “¡Pasen damas y caballeros, vengan a descubrir la mayor atracción del siglo: el cine!”, grita el voceador a las puertas del Robert Houdin.

Pronto, dota a sus películas de la misma magia que impregna sus espectáculos de ilusionismo. Investiga nuevas técnicas, crea el fundido y las disoluciones, el coloreado y el truco de la sustitución, que le permite multiplicarse en la pantalla. Y el rey de los efectos especiales, el stop-motion, que descubre por azar y se convierte en su predilecto. En los siguientes años, ya entrado el nuevo siglo, realiza cientos de películas en las que él es el actor, el director, el productor, el guionista, el director artístico, el diseñador de vestuario, el maquetista… En 1902 crea su obra más célebre, Viaje a la luna, que marca un antes y un después en la continuidad narrativa cinematográfica. Y una de las imágenes inmortales del cine, con ese rudimentario cohete insertado en el ojo de una luna visiblemente molesta.

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Su desbordante imaginación no tiene límites y cada una de sus creaciones e inventos marca los principios de la cinematografía moderna. Y sin embargo, no acierta a ver que el cine se va transformando en una industria, que va dejando atrás —sin piedad— a su precursor. La llegada de la I Guerra Mundial lo termina de arruinar y, acosado por las deudas, se retira definitivamente en 1923.

Pero aún le queda vivir su última historia cinematográfica; en este caso del género romántico: en 1925 se reencuentra con una de sus antiguas actrices, Jeanne d’Alcy, en el puesto de juguetes y golosinas que ella regenta en la estación de Montparnasse. Poco tiempo después se casan y el gran Méliès, el visionario, el pionero, el genio, el precursor del cine de espectáculo y fantasía pasa el resto de sus días, junto a su amada, vendiendo chuches a los niños, hasta su último The End. El 21 de enero de 1938 fallece en el hospital Léopold Bellan de París. Hoy, más de un siglo después de sus primeras obras, sus trucos técnicos y narrativos siguen siendo clave para la magia del cine.

 

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Aquí hay magia:

· Méliès fue precursor de muchos de los géneros del cine: surrealismo, terror, humor, fantástico y, por encima de todos, ciencia ficción.

· Creó el primer estudio de cine, que incluía sistemas mecánicos para ocultar zonas al sol, trampillas y otros mecanismos de puesta en escena.

· Fue pionero del cine en color: en algunas de sus películas coloreaba los fotogramas uno a uno, manteniendo, de paso, su primera inclinación artística.

· Rodó más de 500 películas, aunque la mayoría se han perdido en el tiempo. Algunas de las más famosas son El hombre orquesta, El hombre de la cabeza de goma, El melómano, El inquilino diabólico, Viaje a la luna…

· En 1931 fue rescatado del olvido por sus compatriotas y condecorado con la Cruz de Honor de la Legión.

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