Pilar Rodríguez Martín

 

“Guardo en mi memoria, con mucho cariño, la primera vez que me subí a un escenario; el escaloncito del porche de mi casa. Tenía tres años e hice un playback de Objetivo Birmania. Mi hermana y mi prima se encargaron de la escenografía. Hace poco encontré el vídeo y me identifico totalmente con esa niña a la que sólo se le veían ojos, loca por bailar y expresar todo lo que sintiera”.

Paula Vera (Sevilla, 1987)

 

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Vivimos atados a los relojes que, al final, siempre se retrasan. Creyendo que la vida puede organizarse como un gran evento, sin darnos cuenta de que el evento ya ha empezado, y que somos nosotros los que llegamos tarde. Vivimos haciendo planes en los márgenes de nuestras agendas. Diseñando puertas que, pensamos, algún día tendrán que abrirse, sin saber que somos nosotros los que tenemos que empujarlas.  A veces, puede que vivamos creyendo que vivimos. Desconocemos lo efímero de todo aquello que planeamos: un día, por ejemplo, el teléfono suena y tienes que decir sí o no. Y rápido. Es lo que le sucedió a Paula Vera.

Su chico, músico de profesión, le proponía en esa llamada recorrer Estados Unidos y Canadá con Varekai, uno de los espectáculos de El Circo del Sol, donde él trabajaría durante un año. Paula, por supuesto, dijo sí, sin pensarlo. “Estoy aprendiendo a echar de menos de una forma bonita, desde un sentimiento de gratitud y felicidad pero no de tristeza. No cuento el tiempo que falta para volver porque estoy feliz”, nos comenta.

 

El circo del sol intenta funcionar como una familia y lo consigue. “Te hace sentir parte del show, incluso si no trabajas con ellos, y eso es maravilloso”, dice Paula.

Hay diferentes formatos: big top (carpa) que va girando por grandes ciudades durante, como mínimo, un mes en cada una; arena (estadio) que va cambiando cada semana de ciudad y, por último, están los espectáculos fijos, que pueden verse en ciudades como Las Vegas u Orlando.

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Varekai es formato arena. Los períodos de trabajo son de una media de diez semanas (a veces más) a las que les siguen dos de descanso. Se trabaja de una media de cinco días por semana y dos de descanso, en los que se cuenta con el traslado de ciudad. Entre semana suele haber un espectáculo cada día y los fines de semana doblete. “Nos alojamos siempre en hoteles, a veces en el centro de la ciudad, pero otras muchas en lugares donde al mirar por la ventana siempre te encuentras lo mismo: una gran autopista, un McDonald’s y, con suerte, un supermercado. Yo llevo mi propia cocinita a cuestas y, por supuesto, montañas de libros”, nos explica la joven sevillana.

 

Para Paula, lo más impresionante es el increíble trabajo que el equipo de luces, de sonido, de publicidad, de escenario, los acróbatas, bailarines, malabaristas, músicos y dirección, realizan para crear una magia tan única cada día. “Verlo todo desde la audiencia es precioso, pero disfrutarlo desde el backstage me encanta. Desde allí sientes la energía, ves cómo van corriendo a cambiarse de vestuario, cómo algunos se ponen a entrenar mientras están fuera de escena, otros descansan en una colchoneta, o cómo se sientan a tu lado a ver el espectáculo desde una televisión. Es simplemente mágico”.

 

Paula es licenciada en Psicología, aunque desde muy pequeña le ha apasionado el mundo de las artes escénicas. Estuvo a punto de adentrarse en el mundo de la interpretación, hasta que un día, ante la duda, alguien le dijo: “No tienes que elegir. En terapia danzamos e interpretamos vidas”. Y la convenció.

Al finalizar su carrera, compró billete a  Brighton, sin vuelta: “Allí crecí mucho. Me conocí mejor a mí misma y conocí a personas que han pasado a ocupar un lugar muy importante en mi vida”.

Ahora, sigue “danzando” al ritmo de El Circo del Sol, y sin perder ni un sólo segundo: “Mi tarea aquí básicamente es no olvidarme de disfrutar de cada momento. Intento leer, hacer yoga y estudiar para no parar de aprender. También es muy enriquecedor rodearte de personas tan diferentes”, destaca.

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Echa de menos España, pero se muestra bastante crítica con la situación del país: “Ya no me creo nada, y eso es muy triste. No quiero vivir en un país donde se están perdiendo ciertos valores morales y éticos”, sentencia. Y si le preguntas qué quiere ser de mayor lo tiene claro: “una persona que cada vez se sienta más grande por dentro”.

 

Está claro que el verbo viajar conlleva todo eso, y que Paula, sin duda, sabe hacia dónde va, aunque siempre se quede “con Sevilla, su olor a azahar, el río y, su perdición: la siesta”.

 

No dejemos de danzar nunca.