Pepe Álvarez de las Asturias

 

15 de marzo de 1972, Times Square. Las colas para asistir al estreno de la última película de un tal Francis Ford Coppola cubren varias manzanas. Policías a caballo controlan escrupulosamente que no haya problemas y dan órdenes a través del megáfono. En las tiendas cercanas la gente compra café bien caliente en vasos de cartón con tapa; llevan horas allí, desafiando a la tormenta primaveral. Pero el acontecimiento merece la espera (todos han leído la novela de Mario Puzo). Incluso sin saber –aún- que esa noche de marzo, al traspasar las puertas de la sala, estarán entrando en la historia del Cine.

Pate, Der / Godfather, The

Pero, ¿qué es lo que hizo de El padrino una de las obras más emblemáticas, inmortales y revolucionarias del séptimo arte? ¿Qué es lo que tiene la obra de Puzo/Coppola para seguir fascinando a millones de espectadores cuarenta años después de su estreno? Como nos recuerda el maestro Garci, El padrino ha dejado de ser únicamente cine para convertirse en mitología. En historia. En América. Y aún más, en patrimonio de la Humanidad. Pues lo que está ahí retratado, entre la primera frase (“Yo creo en América. América ha hecho mi fortuna”) y la última escena (esa puerta que cierra el despacho y la salvación de Michael Corleone, el heredero del imperio) no es otra cosa que la historia del hombre mismo. Tal cual. La institución familiar y el crimen, la traición y el amor, la ambición y la lealtad, el honor y el horror, el pecado y la redención; el poder y su precio; el bien y el mal, en suma, luchando  a brazo partido dentro y fuera de cada uno.

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A priori, sin embargo, el proyecto no partía precisamente con ventaja. Unos meses antes, el escritor Peter Maas trató de publicar su libro “The Valachi Papers”, (confesiones reales de un ganster a un agente del FBI) obteniendo como única respuesta de los editores a los que visitó: “la Mafia no vende”; hasta que un pequeño editor apostó por ella y vendió. Los veinte mil ejemplares de la primera edición; trescientos cincuenta mil en las semanas posteriores. Poco después, el libro de Mario Puzo superó al de Maas con creces: un millón de ejemplares en pasta dura y doce millones más en edición de bolsillo; 67 semanas en la lista de best-sellers del New York Times. Y luego llegó la visión de Coppola, y esas colas interminables en las salas para ver una película de tres horas sobre la Mafia, y el mundo se preguntó: ¿qué demonios ha ocurrido?

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En realidad, lo que ocurrió no fue ni mucho menos una casualidad; fue una calculada conjunción de astros que el genio de Francis Ford Coppola unió, moldeó y transformó en una obra maestra. Una obra maestra absolutamente personal e intransferible. El origen es, por supuesto, la novela de Mario Puzo, que fue el germen de dos guiones sencillamente perfectos (ambos lograron el Oscar) y de una colaboración, la del escritor y el cineasta, tan fructífera como genial. La novela, por cierto, era ya propiedad de la Paramount cuando aún era un manuscrito con título provisional, “The Mafia” (una palabra que, sin embargo, luego no se menciona ni una sola vez en la novela ni en el guión).

Lo que aportaba Puzo al género de gansters era una perspectiva nueva y crucial: la visión italoamericana. Esta es otra de las claves del éxito del El padrino: Italia. La Paramount lo intuía, y por eso buscó un director con sangre italiana (primero pensó en Sergio Leone, pero declinó la oferta); una decisión que aportó realismo, credibilidad. El padrino habla por primera vez de familias, no de bandas; sus personajes no son italianos sólo de nombre, sino también de cara, de gesto, de ritual, de alma; están inspirados en Frank Costello y Vito Genovese, en las Cinco Familias de Nueva York, y sus acciones y costumbres está extraídas directamente de la mafiología real. El padrino no es una novela/película sobre la Mafia, es la Mafia.

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Crucial fue también la revolucionaria fotografía de Gordon Willis, que aportó esa atmósfera de permanente penumbra, de interiores sombríos que envuelve toda la película. Después de la luminosidad del cine de los cincuenta, Coppola apostó por esa semioscuridad ocre y pastosa que difumina la escena lo mismo que las conciencias de sus personajes. Y la maravillosa partitura de Nino Rota rompió también los moldes del género. Gran parte de la culpa la tuvo el propio Coppola, que le dio indicaciones muy precisas al compositor italiano para acompañar la tragedia griega de esta familia italiana: un vals que vuelve y vuelve sobre sí mismo, melodías lentas y armoniosas, melancólicas como una marcha fúnebre; y mucha nostalgia italiana. Una banda sonora sencillamente magistral, y una de las más exitosas y recordadas de la historia del cine.

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De astros en estado de gracia está también plagado el reparto. El fanático empeño de Coppola por rescatar al acabado Marlon Brando no pudo ser más acertado. El actor prácticamente creó a su personaje, desde la apariencia (introduciendo algodones en las mandíbulas para parecer un bulldog) a la voz terrosa y pausada, pasando por los ademanes suaves y alguna que otra genial improvisación (el gato en su regazo, las cáscaras de naranja en la boca). También Al Pacino, por el que nadie apostaba debido a su timidez y baja estatura (lo llamaban “el enano”), y que acalló todas las bocas desde sus primeras escenas… y acabó apropiándose de la saga. Sin olvidar a James Caan, John Cazale, Robert Duvall, Diane Keaton, Talia Shire y todo el elenco de geniales secundarios, especialmente los italianos, que parecían recién importados de Sicilia. Muchos, incluso, pertenecían realmente a la Mafia.

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Finalmente, ¿cuántas películas pueden presumir de contar en su metraje con tal cantidad de escenas memorables y frases eternas, que han permanecido imborrables en la memoria de millones de espectadores?: la entrevista de Bonassera con don Vito, la misma boda en la casa del Padrino, la cabeza equina en la cama de Woltz, el bautismo de sangre –ajena- de Michael en el restaurante Louis’s (“Pide la ternera. Es estupenda”), o la muerte de don Vito mientras juega con su nieto, una de las más poéticas de la historia del Cine. Y cuántas veces no habrá salido de nuestros labios ese “te haré una oferta que no podrás rechazar” o “no es personal, son los negocios” o “ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”. Sin olvidar la leyenda negra, según la cual Frank Sinatra obtuvo su papel en la magnífica De aquí a la eternidad (con el que ganó su único Oscar) por influencia de sus amigos de la Mafia, hecho que inspiró a Puzo para crear el personaje de Johnny Fontane, que tiene bastante más relevancia en la novela y se diluyó en la película por presiones del propio Sinatra.

 

Y todo ello envuelto en un papel de falso celofán llamado Familia, La Famiglia (“Un hombre que no convive con su familia jamás será un auténtico hombre”), un entramado de lealtades, honores y códigos tan fascinantes como espeluznantes (desde luego, nunca estuvo tan acertado el término ‘lazos de sangre’). Una gran tela de araña igualmente eficaz para cazar y proteger, y de la que es imposible zafarse. Pero en la que muchos de nosotros hemos deseado, en algún rincón –oscuro- de nuestra alma, estar atrapados. Porque, en el fondo, siempre nos hemos identificado con esos personajes tan contradictorios, tan perturbadores, tan dolorosamente humanos.

 

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