Hace más de 50 años, el 19 de marzo de 1962, comenzó oficialmente una de las leyendas más relevantes, longevas y prolíficas del rock. Aunque entonces sólo se vendieron 2.500 copias, aquel vinilo de trece canciones marcó un antes y un después en la historia musical del siglo XX. Y el joven de mirada burlona, gorra contestataria y chaquetón de granjero de Minnesota que aparecía en la carátula, se convertiría en el más revolucionario trovador que haya dado la música popular. El tipo que cambió las reglas del juego.

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Aquel primer disco llevaba por título un sucinto “Bob Dylan”, a modo de simple presentación. Apenas había dos canciones del propio Dylan, pero fue el inicio de una leyenda que aún hoy no ha concluido. Aunque, como todas las leyendas, ésta tuvo también su prólogo. Robert Allen Zimmerman empezó a amar la música a los diez años, tras toparse con la vieja guitarra de su padre y un disco de country que escuchó en el tocadiscos de 78 rpm oculto en una radio de caoba. “El sonido del disco me hizo sentir como si yo fuera otra persona y mis padres no fueran los que me correspondían”. Tal vez porque, ya desde pequeño, el pueblo de Hibbing, Minnesota, le pesaba más que las toneladas de hierro que salían de esa mina que alimentaba a sus habitantes y los asfixiaba al mismo tiempo.

Robert odiaba Hibbing. Su agobiante calor en verano, su frío extremo en invierno (“hacía tanto frío que no podías ni ser rebelde”), sus aburridos comercios a lo largo de la aburrida avenida, la tienda de electricidad de su padre, los vecinos de corta conversación, los trenes que pasaban de largo; por no haber, no había ni ideología a la que enfrentarse. Su único escape era la radio, las canciones melancólicas de Hank Williams, los lamentos de Webb Pierce (“ahí está el vaso que va a borrar mi pena…”), los ritmos desenfrenados de Muddy Waters o el rock desenfadado de Gene Vincent.

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Pero Hibbing no estaba hecho para el country, el rhythm & blues o el rock ‘n’ roll. Aunque a Robert le servía para ensayar con algún grupo y conquistar a las chicas, el futuro trovador sabía que tenía que escapar de allí cuanto antes. Lo hizo al día siguiente de acabar el instituto. En 1959 marchó a Minneapolis y se matriculó en la Universidad estatal. Pero no solía acudir a clase. Tocaban y ensayaban toda la noche, dormían de día. No había tiempo para estudiar. Comenzó a leer a Kerouak y a escuchar música folk, a sentir su mensaje, a compartir su ideología. Descubrió al poeta Dylan Thomas (“la piedad canta, la inocencia endulza mi último, negro aliento”) y decidió adoptar su nombre. Acababa de nacer Bob Dylan.

 

Por aquella época, hambriento de experiencias, se empapaba de todo lo que llegaba a sus oídos: música negra, baladas irlandesas, jazz, folk contestatario… y Woody Guthrie. Su maestro, su pope, su líder espiritual y musical. Lo leyó todo, lo escuchó todo, lo absorbió todo de Guthrie; y cuando enfermó gravemente, se trasladó a Nueva York para velarle. Era 1961, y JFK preguntaba a los americanos qué podían hacer por su país, mientras la oscura amenaza nuclear sobrevolaba por encima de sus cabezas.

Dylan aterrizó en el mítico Greenwich Village con 20 años y una mente abierta de par en par. Desde luego, estaba en el lugar adecuado. El Village era un revoltijo de bohemios, artistas, excéntricos, poetas, iluminados y toda suerte de rebeldes con y sin causa. Pero, sobre todo, había música. Dylan tocaba y componía sin descanso; fue telonero de John Lee Hooker y una elogiosa crítica en el New York Times (“Brillante nueva cara del folk”), lo llevó directamente a Columbia Records. Los días 20 y 22 de noviembre de 1961, en los míticos estudios del 799 de la Séptima Avenida, Bob Dylan grabó su primer disco. Trece canciones, de las que sólo dos eran composiciones propias (Talkin’ New York y Song to Woody). El resultado no fue el esperado, ni siquiera para él. Su primera reacción al escucharlo fue grabar otro inmediatamente, esta vez con composiciones propias, The Freewheelin’ Bob Dylan.

 

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Eran tiempos de disturbios raciales, miedo y violencia en las calles. Vietnam. Cuba. El mundo dolía, y Dylan lo sufría especialmente. De este sentimiento nació uno de los himnos universales de la música popular, Blowin’ In The Wind (“¿Cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón / antes de que sean prohibidas para siempre?”); y otras canciones míticas como A Hard Rain’s Gonna Fall o Masters of War. El sentido antibelicista de sus letras encandiló a las fuerzas izquierdistas del país, Pete Seeger a la cabeza, que trataron de atraer al joven Dylan a su causa. Pero la influencia del poeta llegó sobre todo a los otros artistas consagrados, que comenzaron a versionar sus canciones y, de paso, a llevarlo en volandas hacia el olimpo del folk. Los tiempos empezaron a cambiar para el trovador.

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A Dylan no le interesaba la política (“Para mí no hay blanco y negro, izquierda y derecha. Sólo hay arriba y abajo; y abajo está muy cerca del suelo”), pero sí los derechos humanos y la segregación racial, como transmitió maravillosamente en su tercer álbum, The Times They Are A-Changin’ (1963). Su obsesión era escribir letras intensas, llenas de poesía y mensaje, y explorar nuevos caminos musicales. Aunque ello significara romper con su trayectoria, con su público, con sus supuestos camaradas. Fue en el Newport Folk Festival de 1965 cuando Dylan apareció por primera vez con una guitarra eléctrica y acompañado por una banda que, además, era bastante cañera (con Mike Bloomfield a la guitarra). Los puristas del folk y la ideología se rasgaron las vestiduras (Pete Seeger pedía a gritos un hacha para cortar los cables), pero el público (en su mayoría) estaba entusiasmado.

Ese mismo verano, en julio, Dylan publicó Like a Rolling Stone (para los expertos la mejor canción de todos los tiempos), un tema de seis minutos que narra una caída en desgracia (“cuando no tienes nada, nada tienes que perder”) y que revolucionó el rock, hasta entonces destinado a llenar las pistas de baile al grito de “esa es mi chica”, y ahora dotado de una infinita capacidad para transmitir mensajes tan profundos como el folk o la mismísima poesía. El resto, es Historia.

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El día que cambiaron las reglas del juego

“¡Hipócrita!” “¡Traidor! ¿Por qué no te escuchas a ti mismo?” “¡Farsante!” “Escuchar esta basura te hace enfermar.” “¡Bastardo!” son algunas de las lindezas que los fans dedicaron a Bob Dylan durante su gira europea de 1966, alcanzando el punto álgido en aquel concierto del Free Trade Hall de Manchester, el 17 de mayo (aquel “¡Judas!” que le dolió en el alma). No admitían que hubiera traicionado su esencia folk, de guitarra acústica y armónica, “prostituyéndola” con una banda eléctrica (en esta gira, Robbie Robertson y el resto de The Hawks, futuros The Band,la mítica banda que acompañó a Dylan en sus mejores tiempos).

Dos meses después de su regreso de Europa, el 29 de julio, sufrió un grave accidente de moto que Dylan aprovechó para descansar de giras, periodistas, contestatarios y folkers exaltados… durante ocho años. Hecho que Don MacLean criticó abiertamente en su mítica American Pie (“the Jester on the sidelines in a cast”), pero Dylan aprovechó bien su tiempo, componiendo decenas de canciones que siguieron marcando el camino a viejos y nuevos rockeros. Y hasta hoy.

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