Noelia Nuñez

James Bond nació en Lisboa. Puede que en el número 79 de la Rua Nova do Almada, aunque nadie lo sepa. Claro que no literalmente. Tuvo Lisboa, sin embargo, mucho que ver en el nacimiento del espía más célebre de todos los tiempos y que, desde la narrativa a la pantalla, daría el salto a lomos de la imaginación del inglés que le dio vida: Ian Fleming.

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Ian Fleming

En la horquilla de años de 1939 a 1945, a muchos lugares les dio por amanecer teñidos de plomo y contienda. Y aunque la capital portuguesa no llenara sus calles de rojo, jugaría un papel crucial en cuanto fue definida como ciudad neutral y en la que el escritor inglés pasaría una temporada. Ian Fleming llegó a Lisboa el 20 de mayo de 1941, pero poco imaginaba que sus andanzas por la misma le inspirarían a escribir las aventuras del agente 007 y que comenzarían en Casino Royale. Cuando con tan solo 33 años se registraba en el Hotel Palácio de Estoril, el olor a pólvora impregnaba naciones desde hacía ya casi dos años. El hombre, sin embargo, no haría acopio de su condición de escritor para el registro, que se conocería años después; bastaría únicamente acreditar ser un mero funcionario del Gobierno.

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Hotel Palácio de Estoril en 1945

Si bien Portugal había gozado de una época de esplendor, durante estos años la precariedad asolaba gran parte del país. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, la llamada Casablanca II tenía esa suerte de ciudad cosmopolita con un comercio en potencia por la mañana y la peculiaridad de servir de cobijo a los que cedían sus informaciones a cualquiera de los bandos en contienda: los Aliados y el Eje. De modo que cuando caía la noche, Fleming se mezclaba entre la procesión de personalidades locales, la realeza exiliada y los agentes de negocios de todo el mundo que sacaban provecho de la neutralidad aparente de la ciudad de Salazar.

En 1932 el portugués António de Oliveira Salazar ascendió al poder estableciendo el Estado Novo. La Primera Guerra Mundial no había deparado bien a su país, y el primer ministro no veía en el horizonte de la nueva batalla un porvenir muy halagüeño. Durante el periodo convulso, el que estuvo al mando de unas de las dictaduras más extensas de la Europa occidental, trató de hacer frente a dos peligros que podrían ser inminentes: de un lado, la posibilidad de la invasión alemana o española; del otro, la pérdida de su imperio portugués.

Entretanto, los norteamericanos llamaban a aquel cónclave la “ciudad del espionaje”, y no es de extrañar: su posición estratégica con el puerto de Estoril daba acceso a África y a América del Sur, el comercio del volframio era un tema candente y existía un gran mercado negro; sin menospreciar el número de acaudalados refugiados que allí se hospedaban. Todo ello hizo que los lugares con más solera estuvieran frecuentados por espías, como Ian Fleming, lejos de ser un mero funcionario. El servicio de Inteligencia Naval Británica le había llevado hasta allí para llevar a cabo parte de la Operación Goldeneye, y entre los lugares concurridos por estos agentes se encontraba el Casino de Estoril, en la costa lisboeta. Por allí se dejaría caer el joven Fleming con sus cigarrillos jugando al blackjack; al menos así lo recogería la gran pantalla en la figura de Bond y con la elegancia que la época gustaba otorgar al fumador.

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Por aquel entonces la costa lusa rezumaba lujo, y desde Estoril a Cascais se decía que bellas alemanas se hacían pasar por suizas neutrales intentando seducir a altos funcionarios aliados. La obsesión por el espionaje allí era tal que hasta simples comerciantes simulaban ser agentes secretos para subir en el escalafón de la clase alta, en tanto que los rumores verdaderos e infundados volaban por las mejores salas de baile de la ciudad y los tan célebres cafés.

Fue sin embargo corta la estancia que pasaría este espía en la ciudad. Allí residiría el tiempo preciso para dejar cabos atados relacionados con la posibilidad de que Alemania invadiera España. Aunque se dice de Fleming que tan sólo jugó una vez en el casino y que perdió, y que tuvo además complicaciones en su labor por la disparidad de opiniones de las agencias de inteligencias implicadas en la misión. De modo que cuando hubo realizado las gestiones pertinentes con los jefes de la delegación portuguesa se marchó a Inglaterra con rumbo a los Estados Unidos. Regresaría de allí a finales de julio para revisar las instalaciones en el caso de que la Operación Goldeneye se llevase a cabo, y aunque no disfrutase en esta ocasión del lujo del Hotel Palácio, su celeridad por volver a la capital en una breve visita a Tánger le hizo gastar la friolera de ciento diez libras en el alquiler de un avión privado, anécdota que serviría para definir uno de los rasgos ostentosos de James Bond en sus aventuras.

La vida del escritor y gran fumador terminó a los 56 años, pero su legado de intrigas y glamour rebosará los límites de la memoria de lectores, historiadores y cinéfilos. Y es que su propia existencia continúa hoy atrayendo a la pantalla, como puede constatarse en la nueva mini- serie emitida el pasado 2013 sobre su biografía.

Cuentan los suspiros de la ciudad de adoquines quebrados, que la esencia está en ellos mismos, testigos de inefables historias de espías y exiliados, de mundo, de paso, de chantaje y leyenda. Los adoquines, en Lisboa, son el encanto del pasado, la constatación de una urbe histórica, la antesala, el paréntesis para miles de refugiados, o la rémora de un tiempo convulso que otrora supuso para muchos. O tan siquiera un lugar desde el que volar a otros continentes a través del Atlántico, como recoge con su culto la pleícula Casablanca en su escena final.

Naciera James o no en Lisboa, bien es cierto que la inspiración para la creación de su personalidad estuvo marcada de esta ciudad de subterfugios en tiempos de guerra. Dijo una vez el novelista que bautizó a su personaje con el nombre de Bond para de otorgarle al mismo una connotación neutral, quizá, como la que poseía la ciudad. A la imaginación del lector o del espectador quedará siempre cuán de real o fantástico encarnaba James de la vida de Ian, en tanto que para entonces siempre quedará el recuerdo de unas de las más singulares presentaciones con el eco de esa vida de doble filo:

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“My name is Bond, James Bond”, diría por primera vez un Sean Connery sin soltar su cigarrillo