Por Pepe Álvarez de las Asturias. 

París. Un día cualquiera del invierno de 1958. Los niños están concentrados, escribiendo —o emborronando— sus cuadernos de Francés sentados en perfecto orden y silencio sobre el banco corrido y reclinable de sus pupitres modelo mesa-banco bipersonal de sistema Cardot, equipados con tintero y cajones individuales. Cajones bajo cuyos tableros de haya pintarrajeada se esconden, además del cuaderno y el bocadillo de media mañana, tesoros ansiados y prohibidos que van pasando de mano en mano, de risa en risa, hasta llegar a Antoine. El punto negro de la clase. Y fuera de la clase.

Antoine, doce años, no es un niño fácil; tampoco su vida lo es: un padre fracasado y violento, una madre que lo quiso abortar, profesores y funcionarios sociales que se desentienden de él… Un niño prematuramente desencantado, desengañado, hastiado del mundo que le ha tocado vivir (sufrir). Demasiados golpes, demasiado pronto. Un niño que vive en permanente desamparo, olvidado —o no aceptado— por la sociedad, que lo mantiene al margen, que no quiere saber nada de él y que le obliga a buscarse la vida, y a sí mismo, no siempre en el lado bueno. Un niño desarraigado y en obligada soledad que tiene mucho del propio Truffaut, sensible maestro de ese desarraigo en la niñez, que tan bien comprendía y tantas veces retrató.

 Les 400 coups

Pero más allá de lo valores meramente narrativos o emocionales, más allá de las peripecias de Antoine o de las traiciones de su familia, más allá de los golpes y las gamberradas y el humor y la búsqueda de la libertad soñada, más allá del mar sin horizonte, más allá de esta lección magistral de cine de Francois Truffaut, Los cuatrocientos golpes es el comienzo de una de las corrientes más influyentes del arte cinematográfico francés y europeo, la primera línea escrita —y filmada— en el cuaderno de la Nouvelle Vague. Una Nueva Ola, inspirada por André Bazin y su célebre revista Cahiers du Cinema, que revolucionó la forma de hacer y entender el cine en el viejo continente, y que asestó un golpe mortal el estilo de cine “qualité”, ampuloso y clasicista, que reinaba —casi con poder absoluto— en la Francia de la época. A partir de ahí, el cambio, la ruptura, la transgresión, la renovación total (con la inestimable ayuda del declive de Hollywood, el auge del free cinema y la legislación gala). Las claves del nuevo movimiento: sobriedad visual, realismo, libertad narrativa, primacía de exteriores, finales abiertos, referencias cinéfilas y, por encima de todo, la película como una obra de autor, una creación absolutamente personal e intransferible del director.

A la ola de Truffaut se subieron sus colegas Jean Luc Godard, que asombraría al mundo con “Al final de la escapada” (1959) y su inolvidable Belmondo;  Claude Chabrol y “El bello Sergio” (1958), financiado con la cuantiosa herencia de su mujer, así como un buen puñado de entusiastas de este nuevo cine más personal, independiente y libre: Alain Resnais, Jacques Demy, Philippe De Brocca, Alain Robbe-Grillet o Jean Rouch. Avanzadilla de lujo para esta nueva Revolución Francesa, que tuvo largo y poderoso recorrido, atravesó fronteras sociales y culturales, y escribió verdaderas líneas maestras en la historia del cine universal.

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Los cuatrocientos golpes no es, en fin, simplemente una obra “rigurosa vibrante, bella y sincera, que nos arranca el corazón dulcemente, con cariño, sin gritos y sin grandilocuencia” como la definió J. Michèle en el Parisien Libéré;  es, sobre todo, la obra que marcó un antes y un después en el nuevo cine europeo, y una de las protagonistas principales —si no la principal— del cambio renovador y revolucionario que supuso la Nouvelle Vague en todo el cine moderno.

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Truffaut, como su alter ego Antoine Doinel, halla al fin una vía de escape frente a su propia biografía marginadora. Uno en la creación cinematográfica. El otro, en el horizonte ilimitado del mar. Para ambos, la libertad conquistada. Ese es el gran final de Los cuatrocientos golpes, esperanzador, abierto, desafiante; el rostro fijo de Antoine, mirando directamente a cámara, tras su huida a la playa, entre las olas, ante una vida nueva llena de interrogantes, de posibilidades, de golpes tal vez, pero sobre todo llena de libertad. Un empujón a todos y cada uno nosotros, cómodamente sentados —asentados— en nuestros inamovibles pupitres,  que viene a gritarnos: ¡muévete, escápate, búscate… sálvate!

 

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